Este artículo se publicó originalmente en The Conversation con una licencia Creative Commons – Atribución – Sin Obras Derivadas. Esta traducción se realiza con el permiso de las autoras, Patricia A. Alexander (Profesora de Psicología, Universidad de Maryland) y Lauren Singer Trakhman (candidata a Dra. en Psicología Educacional, Universidad de Maryland).


Hoy en día los estudiantes se ven a sí mismos como nativos digitales, la primera generación en crecer rodeada por tecnologías tales como teléfonos inteligentes, tablets y lectores electrónicos.

Los docentes, los padres y los tomadores de decisiones ciertamente reconocen la influencia creciente de la tecnología y han respondido de manera acorde. Hemos visto más inversiones en tecnologías para utilizar en clase, con estudiantes ahora equipados con iPads diseñados para la escuela y con acesso a libros de texto. En 2009, California aprobó una ley requiriendo que todos los libros de texto estuvieran disponibles en formato electrónico para el 2020; en 2011, los legisladores de Florida aprobaron una ley que requería a las escuelas públicas que convirtieran sus libros de texto a versiones digitales.

Dada esta tendencia, los docentes, los estudiantes, los padres y los tomadores de decisiones podrían asumir que la familiaridad de los estudiantes y la preferencia por la tecnología se traduce en mejores resultados en el aprendizaje. Pero hemos descubierto que esto no es necesariamente así.

Como investigadoras en comprensión de textos y en aprendizaje, nuestro trabajo reciente se ha concentrado en las diferencias entre la lectura de materiales digitales e impresos. Mientras que las nuevas formas de tecnologías para utilizar en clase son más accesibles y portátiles, como los libros de texto digitales, sería erróneo asumir que la lectura digital le dará mejores opciones a los estudiantes simplemente porque la prefieran frente al impreso.

Velocidad a un costo

Nuestro trabajo reveló una discrepancia significativa. Los estudiantes dijeron que preferían y que tenían un mejor rendimiento cuando leían en pantallas. Pero su rendimiento real de hecho sufría.

Por ejemplo, a partir de revisar las investigaciones hechas desde 1992, descubrimos que los estudiantes eran capaces de comprender mejor la información impresa para aquellos textos que tenían más de una página. Parece que esto está relacionado al efecto disruptivo que tiene el “scrollear” (deslizarse con el mouse sobre una página) sobre la comprensión. También nos sorprendimos al encontrar que pocos investigadores probaron diferentes niveles de comprensión o documentaron el tiempo de lectura en sus estudios sobre textos impresos y digitales.

Para explorar aún más estos patrones, hicimos tres estudios que exploraron la capacidad de estudiantes universitarios de comprender información en papel y en pantallas.

Los estudiantes primero calificaron los soportes que preferían. Luego de leer dos fragmentos, uno digital y el otro impreso, los estudiantes luego completaban tres tareas: describir la idea principal del texto, señalar los puntos claves que se abarcaban en los textos y proveer cualquier otro contenido relevante que pudieran recordar. Cuando terminaban, se les pedía que juzgaran su rendimiento en la comprensión.

A lo largo de los estudios, los textos variaban en longitud, y recolectamos datos variables (por ejemplo, el tiempo de lectura). Sin embargo, surgieron algunos hallazgos claves que echan luz sobre las diferencias entre la lectura de contenido impreso y digital:

Los estudiantes de manera abrumadora prefieren leer en digital.

La lectura fue significativamente más rápida en digital que en el papel.

Los estudiantes juzgaron que su comprensión era mejor cuando leían en digital que cuando lo hacían en papel.

Paradójicamente, la comprensión general fue mejor para la lectura en papel que para la digital.

El soporte no importó para preguntas generales (tales como entender la idea principal del texto).

Pero cuando se trató de preguntas específicas, la comprensión fue significativamente mejor cuando los participantes leyeron textos impresos.

Poniendo al impreso en perspectiva

A partir de estos descubrimientos, hay algunos aprendizajes que pueden comunicarse a los tomadores de decisiones, docentes, padres y estudiantes sobre el lugar del material impreso en un mundo crecientemente digital.

1. Considerar el propósito

Todos leemos por varias razones. A veces estamos buscando una respuesta a una pregunta muy específica. Otras veces, queremos navegar un periódico para los titulares del día.

Cuando estemos por elegir un artículo o texto en formato digital o impreso, tenemos que tener presente para qué estamos leyendo. Es posible que haya una diferencia respecto del soporte que funciona mejor para cada propósito.

En otras palabras, no hay ningún enfoque de “un medio para todos”.

2. Analizar la actividad

Uno de los descubrimientos más consistentes de nuestra investigación es que, para ciertas tareas, el soporte parece no importar. Si todo lo que se les pide a los estudiantes es comprender y recordar la gran idea o la esencia de lo que están leyendo, no hay ningún beneficio en seleccionar un soporte sobre otro.

Pero cuando las tareas de lectura asignadas demandan más compromiso o una comprensión más profunda, los estudiantes quizás estén mejor leyendo material impreso. Los docentes podrían ayudar a los estudiantes a ser conscientes de que su habilidad para comprender la actividad puede estar influida por el tipo de soporte que elijan. Esta conciencia puede minimizar la discrepancia que observamos en el juicio de los estudiantes sobre su rendimiento en relación con el rendimiento que efectivamente tuvieron.

3. Ir más lento

En nuestro tercer experimento, fuimos capaces de crear perfiles significativos de estudiantes universitarios basados en la forma en que leen y comprenden de los textos digitales e impresos.

Entre estos perfiles, encontramos un grupo selecto de estudiantes que de hecho comprendían mejor cuando se movían del impreso al digital. Lo que distinguía a este grupo atípico es que de hecho leían más lento cuando el texto estaba en la computadora que cuando estaba en el libro. En otras palabras, no daban por sentada la facilidad de engancharse con el texto digital. Utilizando este grupo selecto como modelo, a los estudiantes se les podría enseñar o podrían ser conducidos a luchar contra la tendencia de deslizarse a través de los textos digitales.

4. Algo que no puede ser medido

Pueden haber razones económicas y ambientales para “despapelizarse”. Pero hay claramente algo importante que se perderá con la muerte de lo impreso.

En nuestras vidas académicas, tenemos libros y artículos a los que regularmente volvemos. Las páginas dobladas de esas lecturas preciadas contienen líneas de texto grabadas con preguntas o reflexiones. Es difícil imaginar un nivel similar de compromiso con un texto digital. Probablemente debería haber siempre un lugar para lo impreso en la vida académica de los estudiantes, sin importar qué tan habilidosos se vuelvan con la tecnología.

Por supuesto, nos damos cuenta de que la marcha hacia la lectura digital continuará su ritmo. Y no queremos minimizar las múltiples conveniencias de los textos digitales, que incluyen una gran variedad y velocidad de acceso.

Antes bien, nuestro objetivo es simplemente recordar a los nativos digitales de hoy –y a aquellos que moldean su experiencia educativa– que hay costos y consecuencias significativas cuando se descuenta el valor del mundo impreso para el aprendizaje y para el desarrollo académico.